¿La bioética de los transplantes incluirá el trasplante nuclear?
Estudios recientes demuestran la existencia de tres grandes sectores con distinta percepción de los problemas bioéticos relacionados con la biotecnología. En uno de ellos, el 25% del total de los encuestados por el Canadian Institute of Biotechnology, piensa que la biotecnología ofrece a la sociedad muchos beneficios y pocos riesgos. Este grupo manifiesta confianza en la capacidad de la ciencia y la tecnología para resolver problemas.
El otro 25% se muestra poco proclive a pensar que la ciencia sea el camino hacia la “verdad” y desconfían de la tecnología y quienes la dirigen. Responde a una concepción “divina” del mundo.
El sector restante, mayoritario, muestra menor compromiso con la ciencia y la religión. Podríamos denominarlo sector participativo-social -ciudadano. Toma decisiones luego de considerar en forma individual cada avance que va surgiendo y puede modificar su opinión según los pro y contra de los distintos logros. En el tiempo histórico siempre se termina imponiendo la bioética social o ciudadano-participativa. Tal vez el ejemplo más relacionado lo constituya la evolución bioética del transplante de corazón.
El 3 de diciembre de 1967, en un hospital de Ciudad del Cabo, el hasta poco conocido cardiocirujano Christian Barnard asisitido por un equipo de treinta ayudantes, salvó la vida de Louis Washkansky, de 55 años de edad, al sustituir su corazón enfermo por el de una joven mujer muerta en un accidente. La operación, el primer transplante de corazón humano con éxito, se realizó a corazón abierto. A través de una máquina pulmón-corazón, la sangre de Washkansky circulaba en torno al corazón enfermo. Al retirar el órgano, los médicos dejaron en su sitio la parte superior. Luego cortaron el 95 por ciento del corazón sano de la donante y lo cosieron a la "cobertura" el corazón de Washkansky.
Para estimular un latido, el Dr. Barnard aplicó dos electrodos al corazón y le dio una descarga eléctrica. "Fue como poner en marcha un automóvil", dijo un miembro del equipo. En el pecho del paciente, un corazón nuevo comenzó a bombear sangre. Aunque el transplante en sí resultó un éxito, Waashkansky contrajo una neumonía y murió 18 días después.
En enero de 1968, Barnard efectuó su segundo transplante: el dentista Philip Blaiberg recibió el corazón de Clive Haupt, mulato de 24 años que había muerto de un derrame cerebral. El paciente sobrevivió 19 meses. Barnard abría un nuevo camino para la ciencia médica. La era de los trasplantes cardíacos, había nacido.
La operación provocó desde juicios hasta muchas discusiones bioéticas, no sólo acerca de los límites de la vida y la muerte, también relacionadas con el hecho de implantar corazones de mujeres a hombres, de mulatos a blancos, de jóvenes a viejos. Hasta los médicos debieron ofrecer una nueva definición de la muerte: la eléctrica del cerebro.
La dificultad en los primeros transplantes no era la técnica quirúrgica, relativamente sencilla, sino evitar que el paciente rechazara el órgano extraño. Esto sólo se logró de manera consistente a partir de 1972, con el descubrimiento de la droga “ciclosporina”, que evita el rechazo sin reducir a niveles peligrosos las defensas inmunológicas y posteriormente con la ayuda de anticuerpos monoclonales.
En la actualidad la sobrevida un año después de la operación llega al 96 por ciento de los pacientes y al 80 por ciento a los diez años.
Ante los resultados, las críticas bioéticas realizadas por colocar un corazón humano de un ser a otro (tal vez similares a las que actualmente ocurren al transplantar el núcleo de una célula a otra), no sólo fueron disminuyendo con el tiempo, hoy la mayoría de los países avalan los transplantes con leyes y acciones que incitan a donar órganos, y los medios se difusión no cesan de solicitar órganos para gente que espera angustiada salvar a un ser querido. De negro a blando ha sido el grado de evolución en casi cuarenta años de la bioética relacionada con el transplante de corazón en particular y de los transplantes en general.
Tal vez el transplante nuclear (o clonación) con fines terapéuticos, haya comenzado a transitar el similar e irreversible camino bioético de la validación social.
|