Las últimas semanas ya nos acostumbraron a los titulares en tipografía CATÁSTROFE en la tapa de los diarios refiriéndose a la crisis energética. Incluso, dicen que se ha visto a algunos funcionarios ensayando la danza de la lluvia para que las aguas llenen los diques patagónicos y las centrales hidroeléctricas del Comahue vuelvan a producir con toda su capacidad. Mientras tanto, los dirigentes opositores no tardaron en criticar al gobierno por la supuesta imprevisión en materia
energética.
Sin intenciones de emitir juicio sobre los responsables de la crisis argentina, lo cierto es que "la cuestión energética" es extremadamente delicada en el escenario global. Según una
investigación de la consultora
McKinsey, el crecimiento económico de los últimos años ha disparado la demanda de energía mientras que la oferta, principalmente generada por combustibles fósiles, no ha seguido el mismo ritmo.
Por un lado, los yacimientos petrolíferos y gasíferos se vuelven cada día más escasos. Por el otro, las
fuentes alternativas de energía todavía no alcanzan la madurez necesaria para imponerse masivamente.
Así, la ecuación es relativamente sencilla: demanda creciente + oferta estancada = ¿crisis energética global?
Según los expertos de McKinsey, los oscuros augurios pueden eludirse operando sobre la eficiencia del consumo mundial de energía. A través de una racionalización del uso, podría evitarse el escenario de los cortes masivos o los violentos aumentos de precios.
En gran medida, la vía hacia la solución pasará por un realineamiento de los incentivos que hoy conducen a un sistemático derroche de energía.
En primer lugar, muchos países subsidian el consumo residencial. Los precios artificialmente bajos destruyen incentivos al ahorro, por ejemplo, a través de la instalación de lámparas de bajo consumo (o al menos, apagando la luz al salir de la habitación).
En segundo lugar, el sector industrial (responsable del 47 por ciento del consumo mundial de energía) sigue siendo un gran derrochador.
Por un lado, muchos rubros intensivos en energía (como el siderúrgico) gozan de precios subsidiados que no incentivan a la puesta en marcha de técnicas productivas de bajo consumo.
Por otro lado, las industrias no intensivas en energía ni siquiera se plantean la necesidad de ahorrar. Imagine que sus gastos en electricidad apenas representan el uno por ciento de sus costos totales. ¿Tiene sentido invertir mucho dinero en una costosa instalación eléctrica ultra eficiente?
Desde luego, estos son apenas algunos de los problemas que generan las ineficiencias globales que presionan sobre la estancada oferta de energía (si quiere conocer los otros factores en juego,
aquí puede acceder al informe completo).
Ahora bien, ¿cómo resolver el problema? ¿Cómo evitar que el cuello de botella energético termine imponiendo un techo al crecimiento mundial?
Según los expertos de McKinsey, la clave consiste en corregir los incentivos que hoy apuntan al derroche. Veamos, por ejemplo, algunas medidas concretas que podrían implementarse para capear el temporal...
En primer lugar, las empresas generadoras y distribuidoras de energía no tienen demasiados incentivos a incrementar la eficiencia de sus usuarios. Al fin y al cabo, sus ingresos dependen directamente de los megawatts vendidos. De esta forma, al menos en el corto plazo, mientras más derrochadores sean los consumidores, mayor será la facturación de la empresa.
Ahora bien, estos incentivos nefastos podrían corregirse con un poco de creatividad en los esquemas de
pricing. Según los investigadores de McKinsey, los gobiernos deberían implementar algún mecanismo que premie a los productores de energía por los aumentos de eficiencia de los usuarios.
Otra buena solución para reducir el derroche radica en la creación de estándares globales para incentivar a los fabricantes de artículos electrónicos a producir artefactos ahorradores de energía.
Finalmente, el espacio para la polémica. Otra iniciativa propuesta por McKinsey para aliviar la crisis consiste en desmantelar los esquemas de subsidios que brindan energía artificialmente barata a usuarios residenciales e industriales.
El sinceramiento de los precios del petróleo, el gas y la electricidad generaría incentivos a la instalación de artefactos de bajo consumo (en usuarios residenciales) y la puesta en práctica de procesos más eficientes de producción entre usuarios industriales. Sin embargo, quedan serias dudas sobre la viabilidad política de una medida de este tipo.
En definitiva, señalan los expertos de McKinsey, la crisis energética es una realidad palpable (y muy palpable para los argentinos). Sin embargo, es posible resolverla con la voluntad política para implementar mecanismos de coordinación y alineación de los incentivos de los agentes.
Así, la puesta en marcha de estas iniciativas para impulsar la eficiencia en el consumo podría ahorrar, en los próximos quince años, nada menos que el equivalente a 64 millones de barriles diarios de petróleo (aproximadamente el 150 por ciento del consumo actual de los Estados Unidos).
De la redacción de MATERIABIZ
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