El señor Smith era un exitoso operador bursátil neoyorkino con ingresos anuales que ascendían a unos 500.000 dólares, lo suficiente como para situarlo dentro del uno por ciento más rico de los Estados Unidos.
Pero su esposa lo consideraba un perdedor. Todos los días, le reprochaba: "¿Por qué no sos exitosos como nuestros vecinos? Ellos manejan Ferraris. Yo tengo que conformarme con un miserable Mercedes Benz".
Pero claro, este matrimonio vivía en un lujoso departamento de la Quinta Avenida. Sus vecinos eran todos empresarios multimillonarios, exitosísimos brokers,
CEOs de compañías globales y estrellas de televisión.
Si el matrimonio hubiera vivido en cualquier otro lugar de los Estados Unidos (exceptuando quizá Beverly Hills), la percepción de la señora habría sido diferente. Probablemente, ellos serían, por lejos, los más acaudalados del barrio.
Ahora bien, en su intento por impresionar a su esposa, el conservador señor Smith comenzó a arriesgar cada día más en sus inversiones. Y, finalmente, perdió gran parte de su capital.
Esta historia, adaptada del best-seller "
¿Existe la Suerte?" del ex trader Nassim Nicholas Taleb sirve como un buen trampolín para un
artículo de la
Stanford Graduate School of Business que nos introduce en la psicología de los inversores para explicar la formación de burbujas especulativas.
Los modelos financieros tradicionales se construyen sobre el supuesto básico del agente racional y optimizador neoclásico. No obstante, advierten los investigadores, estos supuestos son, al menos, incompletos.
No caben dudas de que los inversores, a través de sus decisiones, buscan incrementar el valor de su portafolio. En este sentido, un retorno de un 50 por ciento anual no está nada mal. Pero, ¿le parecería lo mismo si, alrededor suyo, todos tienen rendimientos de más del 70 por ciento?
En efecto, advierten los investigadores de Stanford, la percepción de los inversores sobre el éxito de sus pares tiene un fuerte impacto sobre la conformación de la propia cartera. Así, el operador en realidad no intenta maximizar su propia riqueza sino su riqueza en relación con sus colegas.
Sobre esta interpretación de la
psicología del inversor, es posible construir un enfoque alternativo para comprender la formación y evolución de las burbujas financieras.
Pensemos, por ejemplo, en el frenesí puntocom de fines de los '90. En aquel momento, ante el surgimiento de una nueva tecnología que prometía retornos infinitos, muchos inversores empezaron a comprar acciones. Ante la demanda sostenida de papeles, los precios empezaron a trepar hasta las nubes.
Desde luego, muchos inversores sabían que aquellos valores no podrían sostenerse. Entonces, ¿por qué fueron tan pocos los que salieron a tiempo? ¿Por qué la mayoría se quedó hasta el final, cuando el derrumbe pulverizó buena parte del valor de su portafolio?
Según los investigadores de Stanford, este comportamiento puede comprenderse a través de la consideración que cada agente hacía sobre las acciones de los otros inversores.
Imagine que su instinto le sugería que el pico se acercaba. En este caso, la decisión racional habría sido vender y tomar jugosas ganancias. Sin embargo, todos sus colegas seguían comprando. Por lo tanto, un error en su evaluación sobre el momento del estallido sería particularmente costoso.
En efecto, su rendimiento de, digamos 100 por ciento, parecería ridículamente bajo en comparación con sus colegas que habrán obtenido retornos espectaculares. En términos concretos, usted manejará un BMW. Ellos, una Ferrari.
Ahora bien, ¿y si el mercado colapsa con usted adentro por no haber vendido a tiempo?
En cualquier caso, usted siempre puede aferrarse al proverbio "mal de muchos, consuelo de tontos". Es cierto, usted pierde mucho dinero. Pero ellos también.
Y las pérdidas conjuntas son más llevaderas que una ganancia moderada cuando el resto ha ganado mucho. En otras palabras, manejar un Fiat 600 no es tan doloroso cuando sus colegas manejan el mismo auto.
Por lo tanto, advierten los investigadores de Stanford, aunque prevea una baja del mercado, el inversor también tendrá un fuerte incentivo a imitar las decisiones de portafolio de los demás.
En definitiva, las decisiones de los inversores parecen no apuntar realmente a optimizar el retorno individual. En realidad, la variable que parecen estar maximizando es el reconocimiento dentro de la comunidad.
De la redacción de MATERIABIZ
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