Coloquio 2007
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El pacto social: ¿puede la alquimia vencer a la inflación?
El "pacto social" parece ser la receta heterodoxa del día para contener la inflación. Sin embargo, las leyes aceptadas por los economistas dicen otra cosa. ¿Es la economía argentina radicalmente distinta del resto de los países de la Tierra?
Por Federico Ast
Que el tomate está por las nubes, que los zapallitos, etc, etc, etc. A esta altura, no caben dudas de que la inflación es el gran tema de preocupación de los argentinos y uno de los asuntos más sensibles que tendrá que resolver la nueva Presidenta.
Y, desde luego, el tema no podía estar ausente en los debates del Coloquio de IDEA. Mientras caía la tarde en una lluviosa Mar del Plata, un panel compuesto por el analista político Carlos Pagni, la abogada María Angélica Gelli y el economista Federico Sturzenegger debatió el escenario que enfrentará Cristina en los primeros tiempos de su mandato.
Nos concentraremos, en este artículo, en los conceptos vertidos por Sturzenegger, profesor e investigador de la Universidad Torcuato Di Tella y Harvard University.
Este prestigioso economista comenzó su intervención con una referencia al concepto mágico de los últimos días: pacto social.
Si bien el término aún se encuentra en fase de elaboración, Sturzenegger especuló con que podría tratarse de un acuerdo anti inflacionario entre sectores empresariales, sindicales y el gobierno.
Básicamente, los empresarios se comprometen a no subir los precios. Los sindicatos, a cambio, moderan sus exigencias salariales para no comprimir los márgenes. El gobierno, por su parte, ejerce de facilitador del acuerdo y distribuye subsidios para equilibrar el sistema allí donde empiece a hacer agua.
Ahora bien, ¿cuáles son las probabilidades de éxito de la estrategia?
Sturzenegger no pareció demasiado entusiasmado. Desde su perspectiva, la actual política económica del gobierno basada en el sostenimiento de un tipo de cambio competitivo es intrínsecamente inflacionaria en el actual contexto de crecimiento del gasto público.
Para comprender el argumento, veamos primero un marco teórico sobre las causas de la inflación.
Si bien este ha sido uno de los puntos más debatidos a lo largo de la historia del pensamiento económico, el "mainstream" ha llegado a un relativo consenso en torno a la teoría cuantitativa del dinero.
Esta doctrina, que contó al filósofo escocés David Hume como uno de sus precursores, defiende la existencia de una relación directa entre la liquidez de una economía y la evolución de su índice de precios.
En momentos de expansión monetaria, los agentes disponen de mayor cantidad de efectivo. Suponiendo una propensión constante a desprenderse de la liquidez, más efectivo implica una mayor demanda de consumo e inversión.
Así, ante una oferta relativamente rígida por limitaciones en la capacidad instalada, el sostenido incremento de la demanda se traduce inevitablemente en un recalentamiento de los precios.
Corolario: la única forma de frenar el índice de precios consiste en restringir la liquidez para enfriar la demanda y ajustarla a la oferta disponible.
Con estos datos en mente, regresemos al caso argentino. Según Sturzenegger, durante la recuperación posterior al 2002, la Argentina registró una fenomenal seguidilla de superávits de cuenta corriente gracias a la favorable coyuntura de los precios de los commodities y un tipo de cambio competitivo.
Ahora bien, este superávit implica un colosal ingreso de dólares al país. Si el Banco Central no hubiera intervenido, el peso se habría apreciado notablemente (consecuencia de la infalible ley de la oferta y la demanda: cuando hay muchos dólares en el mercado, su precio cae).
No obstante, dado el objetivo del gobierno de mantener una moneda débil, el Central interviene en el mercado cambiario comprando dólares en valores cercanos a tres pesos. Así, la autoridad monetaria emite constantemente pesos para comprar dólares. Y estos pesos se inyectan en la economía argentina, recalentando la demanda y presionando al alza de los precios por el mecanismo anteriormente descripto.
Dicho mal y pronto, el problema no es que los precios suben. El problema es que la moneda, al ser más abundante, vale cada vez menos.
Así, por más férreos que sean los controles de precios o por más buena voluntad que pongan los empresarios y sindicalistas en el "pacto social", nada podrá quebrantar esta ley de la economía.
En lugar de acudir a la alquimia, quizá sea bueno recordar que la economía es una ciencia y que los economistas, si bien todavía tienen mucho por aprender en muchas áreas, al menos han alcanzado un consenso sobre el impacto de los factores monetarios sobre la evolución del índice de precios.
Por lo tanto, señaló Sturzenegger, sin necesidad de acudir al monetarismo extremo, todavía es posible detener la inflación sin renunciar a un tipo de cambio competitivo. Desde luego, es necesario realizar algún sacrificio.
La respuesta parece una contención a rajatabla del gasto público. Manteniendo un elevado superávit fiscal, el gobierno puede pedir al Central que siga inyectando dinero a la economía porque este mismo dinero luego es reabsorbido por los impuestos. De esta forma, la emisión no echará leña al fuego de la demanda, no presionará sobre los precios y el tomate y los zapallitos volverán a estar al alcance del bolsillo de la mayoría de los argentinos.
Federico Ast
Editor de MATERIABIZ