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Cuando los números no cierran: una historia de la bancarrota
El final tan temido por cualquier hombre de negocios tiene una historia larguísima. Desde la antigua Grecia hasta nuestros días, una historia de lo incobrable...

Por Federico Ast

Si usted era un comerciante en la antigua Grecia, mejor que tuviera mucho cuidado con los números. Cuando el patriarca no podía afrontar sus deudas, toda su familia (incluyendo esposa, hijos y sirvientes) se convertía en esclava del acreedor hasta cubrir el saldo a través del penoso trabajo físico.

Roma, más entendida en derecho que la polis ateniense, contaba con una legislación relativamente avanzada sobre incobrables. Cuando un romano defaulteaba su deuda, los acreedores designaban un inverventor que remataba hasta el último activo del quebrado.

Roma también nos regala una pintoresca historia etimológica. Los comerciantes del imperio hacían sus negocios sobre bancos de plaza (denominados "bancus", en la lengua ciceroniana). Cuando alguien no honraba sus compromisos, era costumbre romper su banco. Así, el default empezó a denominarse "bancus ruptus" (o, como lo llamaban los medievales italianos, "banca rotta").

Las primeras regulaciones modernas remontan a la Inglaterra renacentista. En 1542, el rey Enrique VIII promulgó las primeras reglas sobre quiebras fraudulentas. Si usted era sospechado de vaciar su empresa y defraudar a sus acreedores, terminaba en una cárcel especial para deudores.

Pero no pasaron muchos años antes de que los ingleses comprendieran que sus leyes no habían sido lo suficientemente previsoras. Multitudes de deudores presos pusieron al sistema penitenciario al borde del colapso. Para lidiar con la situación, el código se reformó años después.

La legislación fue evolucionando, aunque no así la humanidad de los castigos para deudores. Los comerciantes ingleses de principios del siglo XVIII debían cuidar muy bien las cuentas. Una quiebra podía costarles la vida.

Cinco deudores de la época enfrentaron la pena capital. Otros, salvaron su vida aunque al precio de un pequeño recordatorio de la importancia de honrar los contratos: una oreja cortada. Otra pintoresca costumbre de aquellos tiempos: atar al deudor a un poste de la plaza principal para someterlo al escarnio público.

Sólo en el siglo XIX comenzó a cambiar la triste suerte de los deudores incobrables. En aquella época, en medio de las crisis económicas y defaults masivos, surgieron las primeras preocupaciones por los derechos del deudor. Hacia el 1800, la legislación estadounidense tuvo su primer gesto benevolente: permitir a la persona en quiebra conservar una pequeña porción de su patrimonio.

La Bankruptcy Act (1898) norteamericana inauguró el período contemporáneo de las leyes de quiebras. Por primera vez, las compañías en apuros gozaron de herramientas legales para protegerse de las feroces presiones de los acreedores.

La legislación dejó de considerar al deudor como un criminal y de buscar la inmediata liquidación de su patrimonio. El nuevo enfoque tenía un objetivo diferente: reorganizar el negocio en problemas para recuperar su viabilidad de largo plazo.

En definitiva, la mentalidad de los legisladores contemporáneos: "Negocios quebrados, trabajadores en la calle y acreedores que pierden todo su capital". El propósito actual de las leyes de bancarrota, en lugar de esclavizar o ejecutar al deudor, es en definitiva, mucho más pragmática: otorgar al deudor honesto una quita de deuda bajo condiciones razonables para maximizar el capital recuperado por los acreedores y dar a la empresa en problemas una segunda oportunidad de seguir haciendo negocios.

Federico Ast
Editor de MATERIABIZ

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