Ya se ha vuelto casi un cliché hablar de las fluctuaciones de los mercados de nuestra época y de los cambiantes (y casi impredecibles) gustos de los consumidores. En este contexto, es cada vez más importante tomar no sólo las decisiones correctas sino también tomarlas rápido.
Si la empresa se demora en decidir, cuando llegue el momento de la implementación posiblemente la coyuntura ya haya cambiado. Y aquella idea que parecía brillante ya se ha vuelto completamente inviable.
La "agilidad organizacional" es la habilidad de reformar la táctica para adaptar la organización a
cambios en el ambiente de negocios. La "velocidad", por su parte, es una medida de cuán rápidamente la compañía puede ejecutar un objetivo estratégico.
Según el estudio
Building a Nimble Organization del
McKinsey Quarterly, en el último lustro, los managers globales han tomado mayor conciencia de la imperiosa necesidad de enviar a sus empresas al gimnasio. Nueve de cada diez ejecutivos creen que agilidad y velocidad son claves para mantener la competitividad en los fluctuantes ambientes de negocios de nuestro tiempo.
¿Cuáles son las ventajas de una organización atlética? Más satisfacción de los clientes, eficiencia operativa y una aceleración en el ritmo de
innovación. En definitiva, más beneficios. Todos están de acuerdo en las ventajas.
Sin embargo, a pesar de que hace ya varios años que los gurúes insisten en las virtudes de la agilidad, sorprende lo poco que han avanzado muchas empresas. Según la encuesta de McKinsey, una alta proporción de los ejecutivos admitió que su compañía es un dinosaurio a la hora de tomar e implementar decisiones.
La mitad de los encuestados afirmó que aún existen fuertes barreras organizacionales y psicológicas que entorpecen las decisiones. Los principales problemas: procesos decisorios extremadamente complejos y centralizados. Las nuevas ideas terminan atrapadas en una eterna burocracia.
La escasa coordinación y comunicación entre las distintas áreas que deben participar en la decisión complica aún más los procesos. Así, muchas buenas ideas acaban en el tacho de basura cuando podrían haberse convertido en decisiones concretas para adaptar la estrategia a las fluctuaciones del ambiente de negocios.
En definitiva, señala la investigación de McKinsey, son tiempos paradójicos los nuestros. Por un lado, dedicamos enormes esfuerzos en refinar las
herramientas estadísticas para la
toma de decisiones. Pero las decisiones reales, en muchos casos, siguen tomándose en corporaciones paleozoicas, centralizadas y burocráticas.
En este sentido, advierte la investigación de McKinsey, la reforma en la estructura organizativa parece la única alternativa contra la esclerosis decisoria. Los ordenamientos jerárquicos tradicionales pueden ser buenos para las maratones. El problema es que vivimos una época donde, cada vez más, las competencias son de cien metros llanos.
De la redacción de MATERIABIZ
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